jueves, 28 de agosto de 2025

Comercios bajo fuego en Costa Rica: cómo reducir la probabilidad de homicidios en sitio

 

Julio Solís Moreira, Sociólogo

La balacera del Día de la Madre en Lindora, Santa Ana, dejó al descubierto un patrón que ya no puede pasarse por alto: el comercio se ha convertido en escenario de ataques dirigidos, asociados a sicariato y ajustes de cuentas, con clientela y transeúntes expuestos a impactos colaterales. La situación obligó a cierres de emergencia, atención prehospitalaria a heridos y un despliegue policial inmediato en un entorno con afluencia alta. Este tipo de ataque, por su velocidad y precisión, tensiona al máximo los controles de sitio y la capacidad de reacción en minutos críticos.

La gestión del riesgo en comercios con alta densidad de público no puede seguir orientada al robo de oportunidad sino a un enfoque de prevención situacional. El problema es la probabilidad de letalidad en aceras, entradas y bahías de parqueo cuando un blanco es atacado en presencia de terceros. La prevención situacional, consolidada por la literatura especializada (Clarke, 1997), replantea el foco: la tarea es cerrar oportunidades operativas del agresor, acortarle la ventana de ataque y huida, y aumentar el esfuerzo y el riesgo en puntos clave del recorrido. Esta aproximación trabaja sobre la escena, no sobre motivaciones profundas: el fin es que el agresor encuentre un acceso más lento, una línea de tiro más difícil, un perímetro menos permisivo y una mayor posibilidad de identificación y detención.

En la práctica, esto requiere ordenar accesos y perímetros para impedir aproximaciones relámpago. Los puntos de entrada y salida deben obligar a disminuir la velocidad, exponer el rostro a cámaras y separar la zona de descenso vehicular de las puertas principales. Es recomendable disponer vestíbulos o esclusas que moderen el flujo y permitan observación efectiva desde adentro hacia afuera. El control de motocicletas y vehículos en el frente inmediato del local reduce la inercia de llegada y escape. La señalización visible sobre objetos prohibidos son un filtro disuasivo. En este contexto, la política de no armas en los comercios, claramente comunicada y verificada en accesos con vigilantes, y la coordinación con autoridad municipal y policial para inspecciones programadas, añaden capas de control con respaldo institucional.

El diseño físico debe acortar la ventana de tiro y mejorar la visibilidad. Las fachadas y vitrinas han de ser permeables a la vista pública, evitando afiches que bloqueen visión hacia el interior. Cristales laminados o películas anti-estallido en zonas críticas, más rejas o persianas donde corresponda, reducen la vulnerabilidad ante ráfagas y esquirlas. Bolardos y barreras físicas ayudan a impedir embestidas o estacionamientos en línea de puerta que favorezcan escapes inmediatos. La iluminación uniforme en accesos, estacionamientos y pasillos laterales elimina puntos ciegos; los espejos convexos abren ángulos; y la poda de vegetación mantiene líneas de visión despejadas para la vigilancia natural y de las autoridades. En paralelo, la videovigilancia debe cubrir entradas, pasillos críticos y zonas de parqueo con ángulos aptos para rostro y placas, con retención suficiente de material, pruebas periódicas y marcaje de incidentes para entrega ágil a la autoridad.

La operación cotidiana necesita disciplina en momentos sensibles. Las aperturas y cierres deben ejecutarse en dupla, con revisión perimetral previa y comunicación con un punto de control. La administración ha de contar con protocolos escritos para eventos con ráfagas: resguardo inmediato de personas, bloqueo selectivo de accesos si corresponde. Estas rutinas, probadas mediante simulacros, permiten corregir fallas de diseño y de ejecución antes del siguiente fin de semana.

La regulación municipal es el eslabón que convierte buenas prácticas en estándar verificable. Incluir como requisito de patente un plan de seguridad de sitio actualizado, con estándares mínimos de iluminación exterior, cobertura de cámaras y señalización, crea un piso común para corredores de riesgo. Ese plan debe contemplar control de accesos, aforos por franja, políticas sobre objetos prohibidos (objetos contundentes, armas blancas y armas de fuego), lineamientos de diseño que preserven visibilidad hacia salidas, procedimientos de apertura y cierre. La fiscalización progresiva, con asistencia técnica, requerimientos formales y sanciones graduadas, alinea incentivos de cumplimiento. La coordinación con Policía Municipal y Fuerza Pública para patrullajes por franja y canal directo con administradores cierra el circuito entre diseño, vigilancia y respuesta.

Experiencias comparadas en la región refuerzan el énfasis en accesos, perímetros y control de armas. En Venezuela, el deterioro institucional y la escalada de violencia llevó a comercios a restringir horarios y reforzar puntos de entrada sin garantías uniformes de calidad. En El Salvador, el control territorial más estricto redujo las extorsiones que ahogaban la actividad comercial, dejando claro que los espacios con filtros eficaces y reglas exigibles disminuyen la exposición. En grandes ciudades de Brasil, el auge de la seguridad privada muestra que la demanda de control aumenta cuando el aparato público no alcanza, lo que obliga a regular estándares para evitar riesgos derivados de servicios heterogéneos. En Colombia, la combinación de acciones enfocadas a la convivencia ciudadana, las restricciones a armas, la regulación horaria y la vigilancia sostenida del espacio comercial incidió en la caída de eventos críticos en zonas de alta concentración nocturna.

Reducir la probabilidad de homicidios en comercios no debería ser un ejercicio discursivo en el contexto costarricense, es una necesidad urgente. Implica rediseñar acciones para bajar la velocidad de aproximación, separar bahías de descenso, impedir estacionamientos a filo de puerta, fortalecer barreras y cristales, iluminar y abrir ángulos muertos, capturar rostros y placas con cámaras bien ubicadas, y documentar la operación con protocolos sencillos pero estrictos. La clave es la verificabilidad: cada local debe poder demostrar que sus controles ralentizan al agresor, lo exponen a la identificación y dificultan la huida. La legislación nacional puede exigirlo y la gestión cotidiana debe sostenerlo; en eso consiste la seguridad ciudadana.

Referencias

- Clarke, R. V. (1997). Situational Crime Prevention: Successful Case Studies (2nd ed.). Harrow and Heston. 

- Center for Problem-Oriented Policing. (s. f.). Twenty-Five Techniques of Situational Prevention. 

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