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sábado, 12 de octubre de 2013

Convivir y habitar la ciudad

Julio Solís Moreira - Paulo Coto Murillo

“Luz baja de alumbrado público.
Una acera discreta a pesar de la onda
expansiva del crecimiento urbano, poco transitada.
Una casa vieja tímidamente escondida en un antiguo barrio…”
Urbanoscopio – Fernando Contreras

Introducción

Cuando reflexionamos sobre la ciudad de San José, nos irrumpe a primera vista un imaginario de lo vacío, del desorden como lugar común de representación del espacio, un olvido colectivo de la vida cotidiana de quienes habitan los barrios cercanos al centro, barrios con una vida, con un dinamismo, con una historia que se incorpora en los vecinos y sus edificaciones.

Las relaciones sociales en la ciudad, se ven presionadas en parte por lógicas urbanísticas que olvidan las expectativas de quienes al final de cuentas hacen la ciudad, este dilema nos pone a pensar sobre el futuro de la ciudad contemporánea.

Expresada la preocupación anterior, es vital rescatar la convivencia de quienes habitan la ciudad y sus barrios. En aras de comprender esto, observamos que los barrios y las relaciones que se suscitan en ellos están llenas de lugares significativos, puntos de referencia, recorridos habituales, representaciones, prácticas, vivencias, historias y pertenencias, que se dan a pesar del anonimato, el constante encuentro y desencuentro al que se ven arrojados los pobladores en la ciudad.

Ingrese al texto completo acá: Convivir y habitar la ciudad

domingo, 27 de enero de 2013

El poder del espacio público

“Si el mundo ha de incluir un espacio público, no se puede establecer para una generación y planearlo sólo para los vivos, sino que debe superar el tiempo vital de los hombres mortales. Sin esta trascendencia en una potencial inmortalidad terrena, ninguna política, estrictamente hablando, ningún mundo común ni esfera pública resultan posibles.” Hanna Arendt, La condición humana


En la modernidad las relaciones sociales se han perpetuado desde diversas fuentes que han puesto a límite la capacidad humana para reproducir la vida, estas limitaciones contemporáneas se han gestionado desde la denominada “integración social”, un concepto problemático que genera más anticuerpos que seguidores, debido a que la moderna integración normativa ha tomado la vía de la coerción y la dominación de unos pocos, por sobre la libertad, el bienestar y la cohesión de la mayoría.

La disyuntiva de la integración adquiere relevancia en lo político, con el ordenamiento de las posibilidades existentes dentro los sistemas sociales, entiéndase esto, en el acceso o no a ciertas oportunidades, a los recursos y a las titularidades jurídicas de los ciudadanos. Estas posibilidades todavía son públicas y se amparan gubernamentalmente; el problema inicia acá, con un conflicto social clásico, por un lado, la promoción del bien común -hoy en franca decadencia- y por otro lado, la promoción de los intereses particulares en beneficio privado.

El efecto inmediato de la disyuntiva señalada se observa en las ciudades, que son el crisol de los cambios de un “mundo desbocado”[1] girando contra el bienestar social. Lo anterior se sintetiza con el desgaste y la puesta en duda de los derechos de los habitantes urbanos, el incremento de la segregación habitacional, la desigualdad social, la informalidad y la precariedad laboral, los guetos de ricos y de pobres, la promoción de la seguridad y el orden público, el aumento del control penal y la tolerancia cero, la violencia estructural, en resumen, la justicia de unos pocos sobre los derechos de muchos otros.

En esta reflexión es central contextualizar que la esfera pública se asocia comúnmente con el ordenamiento jurídico y estatal, la administración pública de los bienes de uso común. Ese presupuesto tiene su origen en la formación de los Estados Nacionales como los garantes del gobierno en el territorio. Tal predominancia estatal afecta las bases de la participación política, creando un tipo de conformismo, pues el Estado termina por apropiarse de funciones que son “publicas” pero que no se publicitan y hacen comunes, esa es la contradicción de lo público en las complejas burocracias modernas.

Los espacios públicos también tienen un referente concreto, en la vida cotidiana, en las organizaciones, los parques, las plazas, las calles, espacios donde se supone el “acceso es libre” y se esperarían actitudes no excluyentes. Esas aspiraciones son de difícil cumplimiento en sociedades donde se crean amenazas excusándose en el temor a lo diferente, regulando con mayor fuerza y frecuencia los comportamientos a partir de estereotipos y prejuicios cognitivos frente a grupos de migrantes, trabajadores informales y supuestos delincuentes. Se han de sumar discriminaciones sobre los rasgos particulares de las personas: etnia, género, origen social, edad; estos excesos permiten de la misma manera la intolerancia frente a las escogencias culturales, las estéticas diversas y las escogencias sexuales.

Debido a lo anterior es vital deliberar sobre el valor normativo y el poder del espacio público, que ha logrado -a pesar de los hechos anteriores- enfrentar los efectos de una modernización capitalista que ha reorganizado la cohesión social a partir de valoraciones contraproducentes. Señalando algunos rasgos -a simple vista- se observa, el individualismo negativo, el consumo opulento y la acumulación egoísta de los que excedentes, condiciones que se promueven sin tener en cuenta protecciones sociales para el bienestar de la población más vulnerable.

Los dilemas anteriores, son dilemas serios, y por ello es esencial impulsar el espacio público como un bien común, algo que se ha de compartir, que se construye concretamente con la inyección de recursos para la participación democrática, con consultas a la ciudadanía, en infraestructuras que se puedan compartir, con educación multicultural, entre muchas otras acciones. Estas apuestas no pueden ser a medias en un contexto de lucha por el espacio público

¿Cuáles serían las fuentes de la producción y co-producción de los espacios públicos? La disyuntiva está en la apropiación ciudadana y en las fuentes democráticas para la reproducción de la organización de los recursos comunes de la sociedad. Esto se ha de problematizar en un contexto en el que emergen modelos de administración de los recursos que ponen en duda el sentido estricto de lo público como función de bienestar social.

En fin, la barbarie puede retornar por una contradicción simple, la búsqueda de la libertad a partir de la desintegración de la cohesión social destruye el acuerdo que sustenta esas libertades, el derecho común a acceder a la esfera pública.

Publicado en el blog Ciudad Viva | abierto — Martes, 15 de enero de 2013

Julio Solís Moreira
Investigador del Proyecto Convivencia Urbana en San José. 
Centro de Investigación en Cultura y Desarrollo, UNED, Costa Rica.

Notas: 

[1] Siguiendo la reflexión de Anthony Giddens

domingo, 10 de abril de 2011

Lo urbano, un sentir humano…

Si hay espacio para la duda, es la duda que se percibe cuando se camina por las avenidas y bulevares de una ciudad, donde las más diversas personas se encuentran en un “no encuentro”. Y claro, ¡no tocar!, ya que las miradas son efímeras y a veces sugerentes, las conversaciones se convierten en acontecimientos extraordinarios de un espacio que cambia segundo a segundo y en el que nunca se profundizan los vínculos.

En lo urbano la vida pasa por la vigilancia de un recorrido, uno que tiene una cualidad, es un recorrido a veces con olor dulce, en otras repugnante, es un estilo y una forma de vida compenetrada en la gente, gente ambulante, inconstante y extraña.

"Lo puramente urbano" se manifiesta en un espacio de existencia, vibrante, bullicioso, lleno de historias que se meten dentro de la epidermis de sus ciudadanos; en momentos y gestos únicos, que le dan sentido al acelerado espasmo cotidiano del yo.

En la ciudad el color de la noche se agita cuando se desprenden las estrellas artificiales. Lo extraño se transforma en vida, una vida, que se estremece en la oscuridad, una calma efímera, con un desenlace, “la vida siempre es liquida en lo urbano”, fluye al amanecer en transeúntes, unos y otros apilados como desamparados, expulsados por las entrañas de los monstruos habitacionales; unos hacia sus labores diarias y otros con rumbos desconocidos, rumbos por los que nadie se pregunta, porque la seguridad de saber sobre esas vidas es un peso que nadie quiere cargar.

Lo urbano, un sentir humano irradiado de un olvido relajante, un espacio de juicios y prejuicios, últimos que no importan, por eso y claro, ¡¡no tocar!!, no preguntar, el espacio no es personal y la comunicación no se hace emotiva…

Julio Solís Moreira
Sociólogo e investigador
10/4/11