jueves, 19 de mayo de 2016

La ciudad purificada: dilemas del reconocimiento y la segregación en la vida urbana

Publicado en Ssociologos 15 de mayo de 2016. 


El mundo social deviene de un hecho fenoménico y aparente, el reconocimiento del otro, esto como la posibilidad material del encuentro. Ha de añadirse también la potencia de la comunicación como una fuerza que conjunta la reciprocidad de perspectivas intersubjetivas de los individuos que enriquecen el sentido y el lenguaje compartido en prácticas sociales. El reconocimiento social como categoría y principio, es una condición que se sostiene sobre la apariencia de la necesidad del otro que estaría predispuesta a nuestros sentidos en el espacio vivido.



La presuposición expuesta situaría al sujeto a un constante contacto en el mundo del diario vivir, tal constancia históricamente se ha institucionalizado en la esfera y el espacio público, escenarios de relacionalidad cuya potencia implica el fortalecer el reconocimiento del otro y los derechos a ese reconocimiento. La potencialidad del espacio público es fundamental en la vida urbana en tanto supera la inmediatez de la vivencia individual. 

Si el mundo ha de incluir un espacio público, no se puede establecer para una generación y planearlo sólo para los vivos, sino que debe superar el tiempo vital de los hombres mortales. Sin esta trascendencia en una potencial inmortalidad terrena, ninguna política, estrictamente hablando, ningún mundo común ni esfera pública resultan posibles. (Arendt, 1993, p.64)

Si bien, el reconocimiento y los espacios públicos son centrales, no se consuman concretamente o de manera definitiva debido a ciertas rupturas, entre ellas, los procesos de individualización, los agrupamientos cerrados o las formas de organización social que no aspiran al acceso inclusivo de los ciudadanos a sus esferas.

Tal reflexión reafirma el dilema del reconocimiento en los contactos sociales, su fuerza o debilidad en el espacio, particularmente en los espacios urbanos, donde los individuos se ven arrojados a una vorágine de estímulos, de encuentros y desencuentros. Ante esos procesos, algunos grupos sociales se organizan, alejándose intencionalmente (segregación) de otros grupos.

Sennett (2002, p.78) reflexiona acerca de esas distancias, planteando la forma en que algunos grupos se alejan de otros en búsqueda de una “identidad purificada”, tal mecanismo implica enfrentarse al supuesto desorden de la vida social creando una visión y una identidad comunitaria unificada (homofilia), casi a modo de una adolescencia en el proceso de agrupación micro-social, alejándose de las experiencias sociales existentes fuera del grupo primario[1].

La ilusión retenida por los adolescentes cautivados por el deseo de una identidad purificada es que ellos escogen una rutina coherente y segura, con conocimiento y experiencia de todas las alternativas de la seguridad. No hay ningún motivo para que las personas que han aprendido semejante técnica de evitación en sus particulares vidas, no aprendan como adultos a participar juntos. Las experiencias públicamente dolorosas, las situaciones sociales desconocidas llenas de posible sorpresa y reto, pueden ser evitadas gracias al común consenso de una comunidad en creer que ellos conocen ya el significado de estas experiencias y han extraído las lecciones de ellos conjuntamente. (Sennett, 2002, p.80)
 
Tal aspiración de purificación es un anhelo de vuelta a lo conservador que se potencia con el aislamiento físico, que además procura la protección de la identidad del grupo, en un tipo de acción colectiva ahora enfocada a la protección e integridad frente a un mundo atemorizante, desordenado, diferente y no tolerable.[2]

La defensa de la comunidad se erigirá sobre el mito de la solidaridad grupal, cuando ésta es más producto del miedo, la inseguridad y del temor a lo desconocido, que de las relaciones sociales. (Gurrutxaga, 1993, p.211)

Así la predisposición o las reacciones sociales de agrupamiento cerrado tendrían consecuencias no deseadas en la conformación de los grupos, lo que a posteriori implicaría un desencadenante conflictivo entre la vida pública y la vida privada, última que se reafirmaría en la intimidad y por tanto en la individualidad como carácter predominante por sobre el carácter colectivo. Tal condición de organización social la pondría en evidencia Sennett (1978) con su texto “El declive del hombre público”.

El espacio público muerto es una razón, la más concreta, para que las gentes busquen en el terreno íntimo lo que se les ha negado en un plano ajeno. El aislamiento en medio de la visibilidad pública y la enfatización de las transacciones psicológicas se complementan mutuamente. Hasta el extremo, por ejemplo, de que una persona siente que debe protegerse, mediante el aislamiento silencioso, de la vigilancia que los demás ejercen sobre ella en el dominio público y lo compensa descubriéndose ante aquéllos con los que quiere establecer contacto.(p.25)

Las nociones presentadas ratifican el dilema del reconocimiento en el espacio público, elementos vinculados al problema del agrupamiento social cerrado como una disposición que logra controvertir la conformación social colectiva. Estos mecanismos de organización autorreferenciales tienen además incluidos no solo la intención de apartamiento social, sino que incluyen el poder de aquellos que relegan a los grupos considerados exógenos, tal repulsión termina en el sostenimiento de estigmas y formas de rechazo social.

Para reafirmar tales comportamientos se puede hacer uso de la reflexión de Elias (1997) acerca de “Las relaciones entre establecidos y marginados”, en la cual hace uso de un estudio sobre una comunidad inglesa suburbana llamada Winston Parva, donde había un grupo de vecinos establecidos hace varias décadas y una zona de vecinos nuevos que eran rechazados y estigmatizados, encontrándose así una referencia a grupos que constituyen normas comunitarias purificadas enfrentadas a otros grupos que terminan siendo prejuiciados.

La similitud de las pautas con que grupos imponentemente poderosos estigmatizan a los respectivos grupos marginados en todo el mundo -una similitud por encima de todas las diferencias culturales- puede, a primera vista, resultar un tanto sorprendente. Pero los síntomas de inferioridad humana, que un grupo poderoso de establecidos percibe más directamente en los miembros de un grupo marginado menos poderoso y que a sus miembros les sirven de justificación de su propia elevada posición y de demostración de su propio valor superior, por lo común se generan en los miembros del grupo inferior -inferior en cuanto a su potencial de poder- por la sola condición de su posición marginal y debido a la denigración y opresión concomitantes. (Elias, 1997, p.98)

Lo expuesto representa un hecho, el comportamiento -situado espacialmente- de las agrupaciones cerradas aparece como respuesta de purificación, segregación, conflicto y fractura del entorno urbano frente a diversos grupos sociales representados negativamente. En ese proceso se daría la constitución de dispositivos de denigración espacial, definidos por Wacquant y otros (2014, p.231) como procesos simbólicos en los cuales los grupos sociales poderosos y establecidos se enfrentan abiertamente a las pautas de reconocimiento social y a la creación de espacios públicos, esto tendría consecuencias reales en los grupos segregados, afectando sus capacidades de acción colectiva, corroyendo el sentido de arraigo, desprestigiando a ciertas zonas de la ciudad, afectando la oferta de servicios en los lugares estigmatizados como violentos (las y los funcionarios de los servicios públicos tendrían miedo de entrar a los lugares denigrados), todo esto reforzando la marginalidad por un lado y por otro reafirmando socialmente a los agrupamientos que buscan purificar la ciudad a través de la edificación de espacios cerrados y defendibles frente al “desorden urbano”.

Fuentes de referencia:

Arendt, Hannah. La condición humana. Barcelona, Paidós, 1993.
Elias, Norbert. «Ensayo teórico sobre, las relaciones entre establecidos y marginados.» En La civilización de los padres y otros ensayos, de Norbert Elias, 79-139. Bogotá: Editorial Norma S.A, 1997.
Gurrutxaga, Ander. «El sentido moderno de la comunidad.» Reis: Revista española de investigaciones sociológicas, 201-222, 1993.
Sennett, Richard. El declive del hombre público. Barcelona, España: Ediciones Península, 1978.
Sennett, Richard. Vida urbana e identidad personal: los usos del desorden. Barcelona, España: Península, 2002.
Wacquant, Loïc , Tom Slater, y Virgilio Borges. «Estigmatización territorial en acción.» Santiago, Chile: Revista INVI 29, nº 82, 2014.



[1] “Esta misma proyección de solidaridad comunitaria, opuesta a la experiencia comunitaria, me chocó fuertemente al mirar en la cadena de acontecimientos que condujeron al desahucio de una próspera familia negra de un lujoso suburbio en las afueras de una ciudad del Midwestern. En este suburbio, la tasa de divorcio era casi cuatro veces mayor que la de la media nacional, la tasa de delincuencia juvenil comenzaba a aproximarse a la de los peores distritos de la ciudad a la que pertenecía el suburbio, la incidencia de hospitalización por colapsos emocionales era frecuente. Con todo, las personas de la comunidad se unieron en una gran exhibición de fuerza para arrojar a la familia negra de su casa a los tres días de haberse trasladado ésta porque los residentes dijeron, entre otras cosas, que «somos una comunidad de familias sólidas» y «rechazarnos la clase de gente que no puede mantener sus familias unidas». «Es un lugar feliz y tranquilo —dijo un residente— y el carácter de la comunidad tiene que mantenerse unido». La importancia de este incidente no es simplemente que los residentes del suburbio mentían descaradamente, sino que mentían de esta particular manera. Algunos escritores han argüido que tal «inseguridad» figura en la raíz de esta necesidad de una imagen de comunidad, de «nosotros».” (Sennett, 2002, p.74-75)
[2] “Por un acto de voluntad, una mentira si lo prefieren, el mito de la solidaridad comunitaria confiere a estos individuos modernos la oportunidad de ser cobardes y engañarse mutuamente.” (Sennett, 2002, p.76)